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Prot. No. 579/2026
28 de Agosto de 2026

Carta Pastoral

“LO QUE HEMOS VISTO Y OÍDO

TAMBIÉN SE LO ANUNCIAMOS A USTEDES”

XII CARTA PASTORAL

AL ACERCARNOS A LA CELEBRACIÓN DE LOS

250 AÑOS DE LA ARQUIDIÓCESIS DE MONTERREY

MONS. ROGELIO CABRERA LÓPEZ

ARZOBISPO DE MONTERREY

“… lo que hemos visto y oído también se lo anunciamos a ustedes,

para que vivan en comunión con nosotros. Y nosotros estamos

en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo.

Les escribimos esto para que nuestra alegría sea plena”.

1 Juan 1, 3-4

1. Introducción

1. A toda la Iglesia que peregrina en Monterrey, ¡la paz esté con ustedes! Al acercarnos a la

celebración de los 250 años de nuestra Iglesia de Monterrey, y cuando recordamos también los 25 años de la conclusión del Primer Sínodo Arquidiocesano, he sentido el deseo de dirigirles estas palabras. Ambos acontecimientos nos invitan a mirar con gratitud el camino que el Señor nos ha permitido recorrer juntos, y al mismo tiempo, a renovar el compromiso de seguir edificando la comunión, poniendo nuestra confianza en que el Espíritu Santo continúa guiando a esta Iglesia particular hacia el futuro que Dios le prepara.

2. Las palabras con las que comienza la Primera Carta de san Juan iluminan profundamente este momento de nuestra historia: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palpado con nuestras manos acerca de la Palabra de vida, ¡porque la vida se manifestó, la hemos visto y somos testigos, les anunciamos esa vida eterna que existía junto al Padre y se nos manifestó!, eso que hemos visto y oído también se lo anunciamos a ustedes, para que vivan en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les escribimos esto para que nuestra alegría sea plena” (1 Juan 1, 1-4).

3. No deja de llamar la atención que san Juan comience recordándonos “lo que existía desde

el principio”, porque antes de cualquier proyecto, estructura o iniciativa pastoral está siempre la acción de Dios. La Iglesia no nace de nuestros planes ni depende únicamente de nuestras capacidades; nace del encuentro con Jesucristo, la Palabra de vida, que se ha hecho presente en la historia y continúa manifestándose en medio de su pueblo.

4. San Juan parece detenerse deliberadamente en cada uno de estos verbos: oír, ver, contemplar y tocar. No son palabras repetidas por casualidad, pues describen de algún modo el itinerario de la fe: primero se escucha la Palabra, después se descubre su presencia, más tarde se aprende a contemplar su acción en la historia y, finalmente, se experimenta tan cercana que puede decirse que nuestras manos la han tocado. Así madura también la vida de una comunidad creyente: aprendiendo a reconocer la presencia del Señor en medio de los acontecimientos concretos de su historia.

5. También nosotros estamos llamados a experimentar ese itinerario, pues lo que ha sucedido en nuestra Arquidiócesis necesitamos contemplarlo con ojos de fe, para descubrir cómo el Señor ha ido conduciendo discretamente nuestra historia, aun en medio de las dificultades, de los cambios y de las incertidumbres. Como dijo el Papa Francisco: “hacer memoria de la propia vida es dar gloria a Dios” (Misa en Santa Marta, 7 de octubre de 2014), reconociendo su fidelidad, pues nunca ha dejado de acompañar a su Iglesia.

6. En el texto, hay otro detalle que merece nuestra atención. San Juan habla siempre en plural: “hemos oído”, “hemos visto”, “contemplamos”, “anunciamos”. No presenta una experiencia individual ni busca destacar una obra propia, sino que da testimonio de aquello que una comunidad ha visto, oído y recibido, para que otros participen también de la misma comunión.

7. Nuestra Iglesia de Monterrey también puede hacer suyas estas palabras, ya que lo que hemos visto y oído durante estos años no pertenece a un obispo ni a un grupo particular, sino que es patrimonio de una comunidad creyente que ha aprendido a escuchar, discernir, trabajar, corregir el rumbo y comenzar nuevamente bajo la guía del Espíritu Santo. Obispos, presbíteros, diáconos permanentes, miembros de la vida consagrada y fieles laicos, desde la diversidad de nuestras vocaciones y carismas, hemos ido aportando algo a esta historia común.

8. San Juan, al comenzar a escribir, nos revela el propósito de su carta: “para que vivan en comunión con nosotros”(v. 3).El anuncio tiene como fruto la comunión que nace de nuestra unión con el Padre y con su Hijo Jesucristo, y precisamente por ello, se convierte en fraternidad, escucha, caridad, corresponsabilidad, reconciliación y misión compartida.

9. Finalmente, el apóstol añade todavía una razón más para dirigirse a su comunidad: “Les escribimos esto para que nuestra alegría sea plena” (v. 4). La alegría a la que se refiere brota cuando una comunidad descubre que Dios ha permanecido fiel a lo largo de su historia y reconoce que continúa caminando con ella. Es la alegría de sabernos hermanos, de agradecer lo vivido juntos y de mirar el futuro con esperanza.

10. Este es también el propósito de la presente carta: contemplar con gratitud la acción de Dios en nuestra Iglesia y reconocer los frutos de una gracia compartida. Lo que hemos vivido no pertenece a una sola persona, sino a toda una Iglesia que peregrina en Monterrey y que, bajo la guía del Espíritu Santo, ha buscado permanecer con la mirada puesta en Jesús, como nos invita nuestro Plan de Pastoral.

2. Una memoria que fortalece la comunión.

11. Ninguno de nosotros comenzó el camino de esta Iglesia, y ninguno podrá considerarla concluida. Cada generación recibe una herencia, la discierne a la luz del Evangelio, la enriquece con los dones que el Espíritu suscita en su tiempo y la entrega a quienes vendrán después. Así ha caminado la Iglesia desde los apóstoles y así seguirá peregrinando hasta que el Señor vuelva.

12. Nuestra Arquidiócesis ha vivido su historia “cum Petro et sub Petro”, (con Pedro y bajo Pedro), en comunión con el Santo Padre, Sucesor de Pedro. Hemos vivido distintas etapas de un mismo camino eclesial, enriquecido por el magisterio de quienes el Señor ha puesto al frente de su Iglesia en cada momento de la historia. Acoger con docilidad estos diversos acentos nos ha permitido responder, desde una misma fe, a los desafíos de cada tiempo.

13. En los últimos años, el Señor nos ha concedido la gracia de vivir bajo el ministerio de tres Papas. El Papa Benedicto XVI nos ayudó a mantener la mirada fija en Jesucristo, recordándonos la armonía entre la fe y la razón y la inseparable relación entre la verdad y la caridad. El Papa Francisco nos impulsó a redescubrir una Iglesia en salida, misericordiosa y sinodal, capaz de escuchar el clamor de las periferias y de promover una auténtica cultura del encuentro. Hoy, el Papa León XIV nos invita a custodiar la dignidad de toda persona y a reconstruir la fraternidad en un mundo herido por la fragmentación y la indiferencia.

14. Vivimos, además, en un tiempo de profundas transformaciones culturales y tecnológicas. El rápido desarrollo de la inteligencia artificial es quizá uno de los signos más evidentes de un cambio que está modificando nuestra manera de aprender, comunicarnos, relacionarnos y comprender el mundo. La Iglesia no puede permanecer ajena a estas transformaciones ni anunciar el Evangelio como si la realidad no estuviera cambiando. De manera especial, a nosotros, obispos y presbíteros, nos corresponde mantenernos atentos y actualizados, conocer las preguntas, lenguajes y desafíos de las personas a quienes somos enviados, para poder acompañarlas y anunciar a Jesucristo en las circunstancias concretas de su vida.

15. Por eso, la comunión debe ser siempre, como he dicho en distintas ocasiones: afectiva, efectiva y contemporánea. Afectiva, porque nace del amor sincero a Cristo y a su Iglesia; efectiva, porque se traduce en corresponsabilidad, participación y estructuras concretas al servicio de la misión; y contemporánea, porque se vive con el pastor que el Señor concede a su pueblo en cada etapa de su historia y permanece atenta al tiempo y a la realidad en que estamos llamados a anunciar el Evangelio. La comunión nunca puede quedar anclada en el pasado ni depender de preferencias personales, ya que es siempre una gracia que se acoge y una tarea que se renueva.

16. Esta comunión tiene su fundamento en el deseo mismo de Jesús. Antes de entregar su vida, oró al Padre por sus discípulos: “Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti” (Juan 17, 21). Y añadió una finalidad que no podemos olvidar: “para que el mundo crea”. La comunión, por tanto, no es solamente un bien para la vida interna de la Iglesia; es también parte esencial de su testimonio, porque un mundo dividido necesita encontrar en nosotros el signo de que la fraternidad es posible.

17. Vivir la comunión exige aprender a escucharnos, dialogar, discernir juntos y buscar con humildad aquello que sirve mejor al Evangelio. Me pregunto con frecuencia: ¿de qué serviría defender la verdad si en el camino destruyéramos la comunión? La verdad y la caridad nunca pueden separarse en la vida de la Iglesia. San Juan Pablo II nos invitó a hacer de la Iglesia “la casa y la escuela de la comunión” (Novo Millennio Ineunte, 43). Esta expresión conserva toda su actualidad: antes de ser una forma de organizarnos, la comunión es una espiritualidad que debemos aprender y cultivar cada día.

3. Una Iglesia que ha aprendido a caminar unida.

18. Al recordar los 25 años de la conclusión del Primer Sínodo Arquidiocesano, damos gracias a Dios porque aquel acontecimiento no quedó reducido a sus documentos. Sembró en nuestra Iglesia una convicción que ha ido madurando con el paso de los años: la evangelización requiere escucha, discernimiento comunitario, participación y corresponsabilidad.

19. Mucho antes de que la palabra sinodalidad se hiciera habitual en toda la Iglesia, nuestra Arquidiócesis había comenzado procesos de planeación pastoral que dieron continuidad a ese impulso. Años después, el Jubileo de la Misericordia nos ayudó a renovar el método pastoral y, más recientemente, después de la pandemia y en el contexto de la convocatoria al Sínodo sobre la Sinodalidad, revisamos el camino recorrido y proyectamos una nueva etapa de nuestro Plan de Pastoral con visión al 2031-2033, en consonancia con el Proyecto Global de Pastoral (PGP) de la Iglesia en México.

20. Este aprendizaje ha ido tomando forma concreta en nuestra manera de organizar y vivir la misión. Las asambleas parroquiales, la organización pastoral por dimensiones que estamos implementando poco a poco, la consolidación de los consejos pastorales en todos los niveles, la articulación entre parroquias, decanatos y zonas, así como el trabajo en red con grupos, movimientos, ministerios laicales y diversas instancias eclesiales y sociales, manifiestan que la misión de la Iglesia no puede depender de esfuerzos aislados, sino de la corresponsabilidad de todo el Pueblo de Dios.

21. La sinodalidad no disminuye el ministerio del obispo; por el contrario, lo sitúa en su verdadera naturaleza. El obispo no está llamado a recorrer solo el camino, sino a escuchar, discernir e interpretar los sueños y deseos que el Espíritu suscita en la comunidad, ayudando a traducirlos en orientaciones para la evangelización.

22. Esta manera de comprender el ministerio y la corresponsabilidad de todo el Pueblo de Dios ha acompañado también nuestro proceso pastoral. Por eso, al promulgar nuestro Plan de Pastoral en 2023, quise expresar con unas palabras sencillas una convicción que brota de esta experiencia eclesial: “No lo hice yo; lo hicimos nosotros”. No fue una expresión de cortesía, sino la mejor manera de reconocer lo que el Señor nos ha permitido construir como Iglesia.

23. Les recuerdo que, con toda la Iglesia universal, también nuestra Arquidiócesis está llamada a continuar la etapa de implementación del Sínodo. Durante el primer semestre de 2027 se nos invita especialmente a “hacer memoria”: reconocer lo que el Espíritu Santo ha hecho madurar entre nosotros, discernir los desafíos que permanecen y descubrir los pasos que el Señor nos llama a dar. Queremos vivir esta etapa como una oportunidad para que la sinodalidad se convierta cada vez más en un estilo espiritual que impregne la vida y la misión de nuestras comunidades.

24. Los procesos pastorales que contemplaremos a continuación nacieron en momentos distintos y respondieron a necesidades concretas de nuestra Iglesia. Al recordarlos, no pretendemos hacer un inventario de obras realizadas, sino reconocer en ellos algunos de los frutos que el Señor nos ha concedido y que hoy estamos llamados a seguir cultivando.

4. La comunión ha ido tomando rostro entre nosotros.

25. Cuando caminamos juntos, la comunión se hace misión. El Papa Francisco nos recordó que el obispo está llamado a fomentar una “comunión misionera” en su Iglesia particular, alentando los mecanismos de participación y procurando que estos no tengan como finalidad una excesiva organización, sino “el sueño misionero de llegar a todos” (Evangelii Gaudium, 31). Es también el horizonte que Aparecida propuso a nuestras Iglesias de América Latina y el Caribe al recordarnos que todos estamos llamados a ser discípulos misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida. Esta convicción nos permite mirar los procesos que han ido surgiendo entre nosotros no solamente por las obras que han generado, sino por la misión a la que han querido servir.

a) Comunión con rostro de participación y corresponsabilidad.

26. Esta corresponsabilidad se ha expresado también en el reconocimiento y fortalecimiento de las distintas vocaciones y ministerios al servicio de la comunidad. La institución de ministros laicales (lectores, acólitos, catequistas y ministros de la caridad) ha querido hacer visible que todos, desde nuestra condición bautismal, participamos de la misión de la Iglesia. Como nos recordó el Concilio Vaticano II, “a cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad” (Lumen Gentium, 12); por eso, la diversidad de dones y ministerios no debilita la comunión, sino que la enriquece y la pone al servicio de todos. De igual manera, el acompañamiento más cercano y sistemático de nuestros diáconos permanentes, junto con sus esposas y familias, nos ha permitido valorar mejor la riqueza de este ministerio configurado con Cristo Siervo.

27. Encomiendo a la Vicaría Episcopal de Pastoral que continúe fortaleciendo los procesos de participación y corresponsabilidad que forman parte de nuestra vida pastoral. De manera particular, durante el primer semestre de 2027, le pido integrar esta tarea en los encuentros y espacios que ya realizamos, procurando escuchar al mayor número posible de fieles, sin multiplicar innecesariamente actividades, para recoger así nuestra aportación al camino de toda la Iglesia.

b) Comunión con rostro de formación y diálogo con la cultura.

28. La Universidad de la Arquidiócesis de Monterrey, la Escuela de Teología Papa Francisco y el Instituto de Filosofía Joseph Ratzinger-Benedicto XVI expresan el deseo de ofrecer espacios donde la fe pueda encontrarse fecundamente con la razón, la cultura y los desafíos de nuestro tiempo. La formación no constituye un fin en sí misma: queremos formar discípulos capaces de pensar su fe, discernir la realidad y servir mejor a la Iglesia y a la sociedad.

29. Pido a nuestras instituciones de formación que continúen trabajando de manera articulada y atentas a las necesidades de nuestra Iglesia, ofreciendo a laicos, consagrados y ministros ordenados herramientas para comprender la realidad desde el Evangelio y servirla con mayor preparación. Cuidemos especialmente que la formación llegue cada vez a más personas y no permanezca concentrada solamente en quienes ya participan habitualmente de nuestros espacios eclesiales.

c) Comunión con rostro del cuidado de las vocaciones y de quienes han entregado su vida al servicio de la Iglesia.

30. La descentralización de la pastoral vocacional mediante los Centros de Animación Vocacional ha querido acercar esta tarea a las distintas comunidades de nuestra Arquidiócesis; el Santuario Sacerdotal-Vocacional del Sagrado Corazón ha buscado mantener viva la oración por las vocaciones; y el cuidado integral de los sacerdotes ha encontrado nuevas expresiones en el Plan de Salud Sacerdotal y en la Clínica Padre Jardón. Una auténtica cultura vocacional no se limita a suscitar vocaciones: las acompaña, las forma y las cuida a lo largo de toda la vida.

31. Por ello, pido a la pastoral vocacional, a nuestro Seminario, a las parroquias y comunidades que sigamos fortaleciendo una verdadera cultura vocacional, en la que cada bautizado pueda descubrir la vida como llamada de Dios y encuentre espacios para discernirla y acompañarla. Que la preocupación por las vocaciones no sea tarea de unos cuantos, sino responsabilidad de toda la comunidad cristiana.

d) Comunión con rostro de presencia misionera y nuevas realidades.

32. La comunión, cuando es verdadera, nos impulsa a salir al encuentro. Durante estos años se han erigido treinta Misiones Parroquiales, más de la mitad de las cuales han madurado hasta convertirse en parroquias. Esta experiencia, propia de nuestra vida arquidiocesana, ha permitido acompañar comunidades nacientes y hacer presente a la Iglesia allí donde el crecimiento de nuestra ciudad y las nuevas realidades humanas lo han requerido.

33. Esta misma inquietud misionera nos ha llevado a buscar nuevas formas de presencia. La Parroquia Universitaria nació para favorecer el encuentro con los jóvenes y con el mundo universitario; y la misión en los ambientes digitales nos ha impulsado a reconocer también estos espacios como lugares donde las personas viven, se relacionan, buscan respuestas y donde el Evangelio está llamado a hacerse presente. La misión nos exige permanecer atentos a las nuevas realidades y encontrar caminos para acercarnos a ellas.

e) Comunión con rostro de misericordia y cercanía.

34. Nuestra Iglesia ha querido estar cercana también a quienes viven situaciones de pobreza o exclusión: las personas privadas de la libertad en los centros de reinserción social, los migrantes, quienes se encuentran en situación de calle y tantos hermanos que necesitan ser escuchados, acompañados y servidos. En ellos resuenan de manera especial las palabras de Jesús: “Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicieron” (Mateo 25, 40). No puede existir verdadera comunión eclesial si permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de nuestros hermanos.

35. Esta cercanía ha adquirido también expresiones concretas en la Pastoral del Hermano Mayor, que reconoce y acompaña la riqueza y las necesidades de nuestros adultos mayores, así como en la Fundación del Roble y la Comisión Diocesana para la Tutela, que expresan nuestro compromiso de escuchar, proteger y cuidar especialmente a quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad. Una Iglesia cercana aprende a reconocer a quienes necesitan de ella y sale a su encuentro.

36. Pido a nuestras parroquias y a las instancias dedicadas a la pastoral social y al cuidado de las personas que sigamos fortaleciendo una cultura de cercanía, protección y buen trato, especialmente hacia quienes viven situaciones muy difíciles. Que ninguna persona que se acerque a nuestra Iglesia encuentre indiferencia, y que nuestras comunidades aprendan cada vez más a reconocer, prevenir y atender las situaciones que lastiman la dignidad de nuestros hermanos.

f) Comunión con rostro de organización y servicio.

37. También hemos procurado que nuestras estructuras estén cada vez más al servicio de las personas y de la misión. Los esfuerzos realizados a través del sistema de Gestión Parroquial Online (GESPAR) y el Departamento de Sistemas de Información, Tecnología y Comunicación (SITEC), han buscado articular mejor los procesos, profesionalizar los servicios, favorecer el trabajo en red y promover una gestión más responsable y transparente. La organización y la administración solo encuentran su verdadero sentido eclesial cuando ayudan a que las personas sean mejor atendidas y la misión pueda realizarse con mayor cercanía y eficacia.

38. Contemplo con alegría estos procesos, sabiendo que ninguno puede considerarse terminado. El Espíritu seguramente nos pedirá abrir caminos nuevos para responder a realidades que todavía no alcanzamos a vislumbrar. Lo importante será permanecer fieles a la comunión y a la misión que les dieron origen.

5. Una Iglesia llamada a seguir construyendo.

39. Para comprender la tarea que tenemos por delante, el Papa León XIV, en su reciente encíclica “Magnifica Humanitas”, nos propone la imagen de Nehemías: un hombre que escucha el clamor de una ciudad herida, lleva ese dolor a la oración, discierne delante de Dios, convoca a su pueblo y emprende con él la reconstrucción de las murallas. La imagen resulta particularmente sugerente para nuestro momento: Nehemías no reconstruye solo; ayuda a un pueblo a descubrir que todos tienen una parte de la muralla que levantar (cfr. Magnifica Humanitas, 8 y 241).

40. También nosotros contemplamos heridas en nuestro tejido social y eclesial que necesitan ser atendidas, como lo dice el objetivo general de nuestro Plan de Pastoral. Lo recorrido hasta ahora no nos permite instalarnos en la satisfacción por lo realizado; por el contrario, nos compromete ante lo que todavía falta por hacer. Obispos, presbíteros, diáconos permanentes, miembros de la vida consagrada y fieles laicos, todos tenemos una responsabilidad en esta tarea. Nadie puede permanecer como espectador cuando se trata de edificar la Iglesia y reconstruir la fraternidad.

41. A casi 500 años del Acontecimiento Guadalupano, encontramos otra imagen entrañable para comprender esta tarea: la “casita sagrada”, una casa donde todos puedan encontrar acogida, escucha, consuelo y esperanza. Las murallas que estamos llamados a reconstruir no son muros para separarnos de los demás, sino el esfuerzo compartido por edificar esa casa y hacer en ella un lugar para todos. En comunión con la Iglesia que peregrina en México, queremos seguir colaborando en esta tarea, especialmente en medio de una sociedad herida por la violencia, la desigualdad, la soledad y la fragmentación.

42. Esta tarea de seguir construyendo encuentra también su horizonte en nuestro Plan de Pastoral: queremos responder al llamado de Dios a ser una Iglesia discípula, unida, misericordiosa, misionera y de esperanza. Pero esto solo podrá hacerse realidad si cada uno asume la parte que le corresponde. Por eso, al mirar hacia los próximos años, quisiera pedirles, por favor, algunas cosas concretas.

43. A mis hermanos sacerdotes les pido que sigamos haciendo de nuestras comunidades lugares de encuentro, escucha y cercanía. Que ninguna estructura pastoral nos aleje de las personas ni ninguna tarea nos haga olvidar que hemos sido llamados, ante todo, a servir. Cuidemos especialmente la fraternidad entre nosotros, la cercanía con quienes más sufren y la disposición para acompañar los procesos que el Espíritu va suscitando en nuestras comunidades.

44. A los diáconos permanentes, a los miembros de la vida consagrada, a los fieles laicos y a todos los agentes de pastoral les pido que continúen ofreciendo con generosidad sus carismas, capacidades y experiencia al servicio de la misión. Necesitamos una Iglesia donde la corresponsabilidad bautismal se haga cada vez más efectiva, donde sepamos escuchar voces diversas y donde nadie piense que su aportación es demasiado pequeña para colaborar en la construcción de la “casita sagrada”.

45. A nuestras parroquias, movimientos e instancias eclesiales les pido que no pierdan nunca de vista la razón por la que existen. No estamos llamados a conservar estructuras por sí mismas, sino a preguntarnos continuamente a quiénes estamos sirviendo, a quiénes todavía no estamos llegando y qué necesita ser renovado para anunciar mejor el Evangelio. Tengamos el valor de fortalecer lo que da fruto, revisar lo que ya no responde suficientemente a la realidad y abrirnos a los caminos nuevos que el Espíritu nos señale.

46. Y a toda nuestra comunidad arquidiocesana le pido que mantengamos especialmente abiertos los ojos y el corazón hacia quienes sufren, quienes se sienten solos, quienes se han alejado y quienes todavía no encuentran un lugar entre nosotros. El “sueño misionero de llegar a todos” no puede quedarse solamente en una expresión; debe ayudarnos a preguntarnos quién falta todavía en nuestra mesa, en nuestras comunidades y en nuestra misión. Si queremos seguir construyendo juntos, procuremos que cada vez sean menos quienes tengan que contemplar la Iglesia desde fuera y cada vez más quienes puedan descubrir en ella una casa.

6. La historia continúa.

47. El 15 de diciembre de 2027 celebraremos los 250 años de la erección de nuestra Iglesia de Monterrey. Este jubileo será una ocasión privilegiada para agradecer la fidelidad de Dios, reconocer con gratitud a quienes nos precedieron y renovar nuestra responsabilidad ante el futuro. Estos años nos recuerdan que somos parte de una historia mucho más grande que nosotros mismos: una historia que hemos recibido y que estamos llamados a continuar.

48. Deseo que nos preparemos para este jubileo con creatividad y espíritu de comunión, sin multiplicar innecesariamente actividades ni convertir la celebración en una sucesión de eventos. Invito a nuestras parroquias, decanatos, zonas, movimientos, comunidades e instancias eclesiales a dar un sentido jubilar a los procesos y encuentros que ya forman parte de nuestra vida pastoral, haciendo de ellos ocasiones para agradecer la historia recibida, fortalecer la comunión y renovar nuestro compromiso misionero. Encomiendo a la Vicaría Episcopal de Pastoral y al Comité para la celebración de los 250 años que acompañen y articulen esta preparación, procurando que toda la Arquidiócesis pueda reconocerse parte de esta historia y participar con gratitud en su celebración.

49. Este horizonte jubilar coincide, además, con la segunda etapa de nuestro Plan de Pastoral 2026-2029, que nos invita a continuar con la mirada puesta en Jesús, fortaleciendo la organización por dimensiones pastorales y el trabajo en red, para responder mejor a las necesidades y llamados de nuestro tiempo. La fidelidad no consiste simplemente en conservar lo recibido, sino en hacerlo fecundo en cada nuevo momento de la historia.

50. Al comenzar estas páginas hicimos nuestras las palabras de san Juan: “Lo que hemos visto y oído también se lo anunciamos a ustedes, para que vivan en comunión con nosotros” (1 Juan 1, 3). Después de hacer memoria agradecida podemos volver a ellas con una responsabilidad nueva: lo que hemos visto y oído no termina con nosotros. Lo recibido debe convertirse nuevamente en anuncio, servicio y vida para quienes vendrán después de nosotros.

51. Permanezcamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo, dejándonos conducir por el Espíritu Santo. Sigamos adelante con esperanza, sabiendo que esta Iglesia no nos pertenece: nosotros pertenecemos a Cristo y hemos recibido la gracia de servirla durante un tramo de su historia. Que, al hacerlo juntos, como nos recuerda san Juan, “nuestra alegría sea plena” (1 Juan 1, 4).

52. La historia continúa. Encomendemos este camino a la Virgen María, primera discípula y misionera, que supo escuchar la Palabra, guardarla en su corazón y ponerse en camino para llevar a Cristo a los demás. Bajo la advocación de Nuestra Señora del Roble, Patrona de nuestra Arquidiócesis, ella ha acompañado también la historia de esta Iglesia y continúa reuniéndonos como una madre en torno a su Hijo. Con María queremos hacer nuestra su alabanza: “El Poderoso ha hecho obras grandes por mí”(Lucas 1, 49), reconociendo que cuanto de bueno contemplamos al hacer memoria de estos años es, ante todo, obra de la gracia de Dios. Que ella nos enseñe a vivir la comunión, a discernir con esperanza los signos de nuestro tiempo y a permanecer disponibles para seguir construyendo juntos una Iglesia discípula, unida, misericordiosa, misionera y de esperanza, siempre con la mirada puesta en Jesús.

Venerable Padre Raymundo Jardón, ruega por nosotros.

Venerable Sor Gloria María de Jesús Elizondo, ruega por nosotros.

¡Virgen Santísima del Roble, cúbrenos con tu manto!

En comunión con los fieles laicos, los miembros de la vida consagrada,

los diáconos permanentes, los presbíteros y los obispos auxiliares.