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Prot. No. 50/2026
24 de Enero de 2026

Mensaje


A toda la Iglesia que peregrina en Monterrey, ¡la paz esté con ustedes!

Estimados hermanos y hermanas:

Les escribo estas líneas al llegar a los 75 años de vida, después de 47 años de ministerio sacerdotal y casi 30 años como obispo, con el deseo de compartir una palabra sencilla, nacida del corazón.

Al alcanzar la edad que la Iglesia señala, quiero comunicarles que he presentado al Papa León XIV mi renuncia al oficio pastoral que se me confió como Arzobispo de Monterrey. Lo he hecho con profunda paz, con respeto y con obediencia, consciente de que la Iglesia no es nuestra: es del Señor. A ella hemos venido a servir, no a quedarnos.

En estos días he pensado mucho en algo que el Santo Padre nos ha recordado a los obispos: que en la vida de la Iglesia también hay que “aprender a despedirse”. No como quien abandona, sino como quien confía; no como quien se hace a un lado, sino como quien entrega. Al final, despedirse también es una forma sencilla de amar a la Iglesia y de reconocer que la misión siempre nos supera.

Así he presentado mi renuncia con serenidad y libertad interior. Y también por eso lo digo con claridad: seguiré al frente de la Arquidiócesis hasta que el Papa disponga otra cosa. Mientras tanto, aquí estoy, caminando con ustedes, como pastor, como hermano, como servidor.

Quisiera compartir tres sentimientos que tengo en este momento de mi vida:

El primero es un sentimiento de deuda, como lo expresa el apóstol Pablo: “Estoy en deuda con todos” (Rm 1,14). Y lo digo con verdad: me siento deudor de Dios y de ustedes, porque todo lo recibido ha sido gracia. Deudor porque, al mirar hacia atrás, descubro cuánto quedó pendiente, cuánto pudo haberse hecho mejor, cuánto amor y cercanía me faltó expresar, cuánto tiempo me faltó para escuchar más. Reconozco esas deudas con la Iglesia y también con la sociedad.

El segundo es un deseo sincero de pedir perdón con sencillez, que nace de la conciencia de mis límites, de mis errores, de mis omisiones, y de las veces en que no supe responder como ustedes esperaban o necesitaban. Perdón por lo que faltó, por lo que no supe hacer mejor y por el tiempo que no siempre supe regalar. Lo pido con humildad, sabiendo que no he alcanzado a servir como lo merecen.

El tercero es un sentimiento de gratitud profunda. Agradezco a Dios, a la Iglesia y a los Papas a quienes he podido servir en comunión afectiva y efectiva. Gracias por el afecto recibido, la cercanía, la paciencia, la oración y el apoyo constante de los fieles laicos, de los sacerdotes, de la vida consagrada, de los diáconos, de los seminaristas y de mis hermanos obispos. Nunca he caminado solo ni me he sentido solo.

En este momento muy personal, pero también profundamente significativo, tengo muy presente la palabra de la Virgen María en el Evangelio de san Juan, en Caná: “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2,5). He intentado vivir así, con el deseo sincero de escuchar y obedecer, y he comprobado que cuando uno confía en el Señor, Él hace lo que nosotros no podemos hacer: Él hace milagros.

Vivamos este momento con espíritu de continuidad, entusiasmo y esperanza. La misión de la Iglesia sigue adelante porque es un cuerpo vivo, con un corazón que late y que no puede parar. Yo sigo en ella y con ustedes, hasta que el Señor, por medio del Papa, indique el siguiente paso.

Cuando llegué a la Arquidiócesis les dije que me subía a un tren a toda velocidad. Y cuando el Papa elija a mi sucesor, me tocará bajar también con rapidez, porque no hay tiempo para detenerse. En una carrera de relevos, quien entrega la estafeta lo hace sin dejar de correr. Que el Señor nos siga enseñando a hacer lo que Él nos diga, porque ahí están, y seguirán estando, los verdaderos milagros.

Gracias por ser tan buenos, por hacer tanto bien y por tantas muestras de cariño. Pero, sobre todo, gracias por caminar juntos con la mirada puesta en Jesús, bajo la protección y el cuidado amoroso de Nuestra Madre Santísima del Roble, patrona de esta Arquidiócesis de Monterrey.