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Prot. No. 33/2026
17 de Enero de 2026

Carta Pastoral

“HAGAN LO QUE ÉL LES DIGA”

XI CARTA PASTORAL

AL CONCLUIR EL JUBILEO DE LA ENCARNACIÓN 2025

MONS. ROGELIO CABRERA LÓPEZ

ARZOBISPO DE MONTERREY

Pero su madre dijo a los que servían:

“¡Hagan lo que él les diga!”.

Jn 2, 5

1. Introducción: “Les falta vino”.

1. A toda la Iglesia que peregrina en Monterrey, ¡la paz esté con ustedes! Les escribo esta XI Carta Pastoral al concluir el Jubileo de la Encarnación 2025, tiempo de gracia consagrado al Señor, convocado por el Papa Francisco, de feliz memoria y clausurado por el Papa León XIV el pasado 6 de enero con el cierre de la Puerta Santa, que se volverá a abrir hasta el año 2033, cuando celebraremos el segundo milenio de la Redención, y para lo cual nos estamos preparando como Iglesia en México, con el Proyecto Global de Pastoral de la Conferencia del Episcopado Mexicano, y aquí en nuestra Arquidiócesis con el Plan de Pastoral en su primera y segunda etapa.

2. Estas letras también se enmarcan en el término de la Asamblea Jubilar Diocesana que vivimos en varios encuentros: con quienes estamos al servicio de la Palabra, la liturgia, la caridad, la niñez, los adolescentes y jóvenes, los adultos y las familias, los hermanos mayores, así como también con los sacerdotes, los miembros de los consejos parroquiales y diocesanos, la vida consagrada y los diáconos permanentes.

3. Estoy muy contento y agradecido con Dios por el acompañamiento, la animación y la articulación de este proceso de revisión y escucha con espíritu sinodal. Nos hemos encontrado como compañeros de camino y peregrinos de esperanza, llamados a ser una Iglesia discípula, unida, misericordiosa, misionera y llena de esperanza, con la ayuda del Señor y de Nuestra Madre Santísima del Roble.

4. Agradezco también a quienes presencial y virtualmente se hicieron presentes el domingo 28 de diciembre de 2025, en la Clausura del Año Santo en nuestra Arquidiócesis. Fue muy emocionante y gratificante caminar juntos, peregrinando desde nuestro Santuario Sacerdotal del Sagrado Corazón hasta nuestra Catedral Metropolitana, llevando en nuestras manos las imágenes del Niño Jesús de nuestros nacimientos. Sus cantos espontáneos y muestras de alegría nos llenan a todos de esperanza. “Saber que el Señor nació por nosotros, que se hizo carne y ‘acampó entre nosotros’ (Jn 1, 14), es la noticia que cambió el rumbo de la historia y le sigue dando sentido trascendente” (X Carta Pastoral, 38).

5. Como he compartido en otras ocasiones, me gusta mucho el Evangelio de san Juan, por eso, desde 2017, después de la oración postcomunión de las misas dominicales, les he pedido de favor que sea leído un fragmento que nos ayude a interiorizar en el misterio de la Encarnación. En este año 2026 he propuesto el pasaje de las Bodas de Caná (Jn 2, 1-11) porque creo que nos ofrece una imagen muy reveladora para comprender el momento que vivimos como sociedad y como Iglesia.

6. En la escena vemos a una pareja, una comunidad de amigos y conocidos reunidos; un deseo de celebrar el amor y la vida en familia y sin embargo, en un momento dado, llega a faltar algo esencial: el vino, signo de la alegría del amor (cfr. Ct 1, 2.4). San Juan presenta este acontecimiento, la transformación del agua en vino, no solo como un hecho extraordinario, sino como “signo” que abre el camino de la fe y permite interpretar, a la luz de Dios, lo que sucede en la vida de su pueblo.

7. María, la Madre de Jesús, como invitada a la boda, nota la ausencia del vino, pero no lo señala como un juicio ni como un reproche, sino como fruto de una mirada atenta, llena de realismo y compasión, de una mirada contemplativa y misericordiosa. Ella percibe la necesidad y la presenta a su Hijo, y así, nosotros como Iglesia de Monterrey, estamos llamados a mirar la realidad con “atención amante” (EG 199), reconociendo con humildad aquello que hoy nos hace falta para vivir con mayor plenitud la alegría del Evangelio.

8. Esto me ha motivado para escribirles con la confianza de quien habla con su familia, de un hermano que camina con ustedes, de un obispo que es su padre y pastor. Les agradezco la lectura, la reflexión y la difusión que puedan hacer de esta XI Carta Pastoral.

2. “Hagan lo que Él les diga”: la actitud fundamental de la Iglesia.

9. Al mirar la sociedad en la que vivimos y la realidad concreta de nuestras familias y comunidades, constatamos luces y sombras, búsquedas sinceras y también cansancios profundos. En mi caminar por las distintas parroquias, percibo deseos de amar y de vivir en plenitud, pero también heridas y situaciones que a veces nos superan. Sin entrar en detalles, no pocas veces experimentamos que algo falta: sentido, esperanza, alegría compartida. La rapidez, la zozobra y el desconcierto en los que a veces vivimos, no deben llevarnos al desaliento, mucho menos a la desesperanza, sino al deseo de escuchar con mayor profundidad lo que Dios nos quiere decir a través de su Palabra.

10. Ante esta realidad, el Evangelio nos ofrece una palabra sencilla y decisiva. El ejemplo y actitud de la Madre de Jesús nos mueve a evitar la resignación, el conformismo y el derrotismo; María nos mueve a llevar a Jesús nuestras necesidades, nuestros “vacíos”. Es más, siendo fieles al texto de san Juan, Ella ya los ha llevado antes (cfr. Jn 2, 3). La palabra de la Madre de Jesús es clara y directa frente a la ausencia de vino: “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5). En esta expresión se concentra la actitud fundamental de la Iglesia en todo tiempo: escuchar y poner en práctica (cfr. Lc 8, 19-21). En Caná se nos recuerda que los tiempos de Dios no siempre coinciden con los nuestros, y que la confianza en Jesús abre el espacio para que Su Gracia se manifieste plenamente.

11. Habiendo vivido nuestra Asamblea Jubilar Diocesana donde recorrimos un camino de discernimiento comunitario, que valoramos y asumimos como gracia, reconocemos juntos lo esencial para enfocarnos, renovando nuestro compromiso de “caminar juntos con la mirada puesta en Jesús, para escucharlo” (X Carta Pastoral, 34).

12. Escuchar al Señor, no nos lleva a la pasividad ni a la espera inmóvil, sino que nos dispone interiormente para servir según su voluntad. Cuando la Iglesia escucha, aprende a situarse en su lugar: no como protagonista, sino como servidora; no como quien tiene todas las respuestas, sino como quien está disponible para colaborar con la obra de Dios.

3. La misión de quien sirve: “llenar las tinajas”.

13. Desde esta actitud de escucha creyente, nace un modo sencillo y humilde de vivir la misión con mayor claridad, orientación y rumbo para el camino pastoral que hemos asumido juntos, y que prepara el espacio para que el Señor actúe. En nuestra Arquidiócesis, esta misión se vive todos los días a través del servicio de tantos hombres y mujeres (laicos, consagrados, diáconos y sacerdotes) que en las parroquias, comunidades y diversos espacios pastorales, ofrecen su tiempo, cercanía y entrega generosa al servicio del Pueblo de Dios.

14. Este servicio nos ayuda a comprender mejor la escena evangélica de las Bodas de Caná. Ahí, los servidores no realizan el milagro, su tarea es humilde, concreta, aparentemente poco significativa: “llenar las tinajas” de agua común, cotidiana, sin valor aparente. Jesús no desprecia lo sencillo, no pide algo extraordinario sino fidelidad en lo ordinario. Lo que para quienes servían es solo agua, la Gracia del Señor lo convierte en “el vino mejor”.

15. La escena nos recuerda que la fecundidad de la misión en nuestra Iglesia no depende de la espectacularidad de nuestras acciones, sino de la atención, el cuidado y la fidelidad con la que disponemos lo humano: nuestro tiempo, nuestros dones y nuestras comunidades para que Dios actúe. Así, muchos de ustedes realizan tareas sencillas, a veces silenciosas y poco visibles, pero necesarias para que la vida de nuestra Iglesia diocesana siga adelante. Por su servicio constante, discreto y realizado aun en medio del cansancio, quiero expresarles mi profunda gratitud y mi cercanía como pastor.

4. “Llevar las tinajas”: la misión propia de la Iglesia.

16. Cuando como Iglesia nos disponemos a servir de esta manera, el signo de Caná no queda solo como un recuerdo del pasado, sino que se convierte en una clave para comprender hoy nuestra misión. Habiendo llenado las tinajas de agua, ahora hay que llevarlas a Jesús, eso implica asumir con responsabilidad aquello que nos corresponde, sabiendo que Él es quien transforma y da plenitud.

17. Nuestra misión no es producir el milagro, sino disponer las condiciones para que el Señor siga obrando en medio de su pueblo. Esta manera de servir se expresa hoy en lo establecido en nuestro Plan de Pastoral y que, como Iglesia diocesana, hemos discernido y asumido en comunión a través de las asambleas parroquiales, de la renovación de nuestros consejos de pastoral y de la planeación en red con espíritu sinodal.

18. Desde esta convicción, brotan tareas concretas que forman parte de lo esencial de nuestra misión evangelizadora, y que estamos llamados a vivir con fidelidad y esperanza en una triple responsabilidad pastoral, en la que he insistido en otros momentos, y que ahora pongo nuevamente a su consideración:

a) Ofrecer la Palabra de Dios.

19. Es fundamental acercar con fidelidad la Palabra de Dios proclamada, meditada y encarnada en la vida. El Pan de la Palabra, servido con sencillez, sin manipulaciones ni reduccionismos, es capaz de alimentar el espíritu, iluminar la conciencia, sostener la esperanza y acompañar los procesos concretos de las personas y de las familias.

20. Cuando la Palabra de Dios es acogida con un corazón disponible, no solo informa sino transforma y orienta, en un tiempo marcado por la confusión y la fragmentación; como dice el salmista: “tu Palabra es lámpara y luz para mis pasos” (Sal 119, 105). Ofrecer la Palabra de Dios implica también cuidar los espacios donde esta es proclamada, celebrada y compartida en la vida de nuestras comunidades: la liturgia, la catequesis, los grupos parroquiales, los movimientos, las familias y los distintos ámbitos de formación. Allí donde la Palabra es escuchada, meditada y dialogada, se fortalece la comunión y se renueva la identidad de los discípulos misioneros.

21. En este sentido, vale la pena seguir impulsando la indicación diocesana de nuestro Plan de Pastoral, que surge del llamado de Dios a ser una Iglesia discípula que sigue a Jesús: “Que se celebre la Palabra de Dios en todas las periferias geográficas y existenciales que necesitan la luz del evangelio, llegando hasta los últimos rincones de la Arquidiócesis” (Plan de Pastoral, 90). Por ello les pido que renovemos nuestro compromiso para que la Palabra llegue efectivamente a todos, especialmente a quienes están alejados o viven situaciones de mayor necesidad. Busquemos formarnos mejor, aprovechando los recursos formativos y de espiritualidad que ofrece nuestra Escuela Bíblica Arquidiocesana de Monterrey.

b) Preparar el banquete.

22. En la escena de Caná, el vino no es un simple detalle: es signo de la alegría compartida, de la comunión y de la vida celebrada en familia y en comunidad. Cuando falta el vino, la fiesta se apaga, falta la alegría de un amor genuino, generoso y oblativo, que es la fuente de la auténtica alegría. Cuando “falta el vino en las relaciones humanas”, estas se vuelven áridas y tristes, lo cual lleva a la aspereza y la amargura que pueden derivar en agresividad y división.

23. Preparar el banquete consiste en cuidar la vida sacramental de la Iglesia, especialmente la Eucaristía, como mesa donde el Señor convoca, reconcilia y renueva a su pueblo. Pero es también crear condiciones para que todos puedan sentirse acogidos, acompañados y sostenidos en su camino de fe, particularmente quienes se sienten alejados, heridos o poco dignos de sentarse a la mesa. Espero que nuestras parroquias y comunidades sean verdaderas tiendas de encuentro donde se experimente la comunión, la reconciliación y la alegría del encuentro (cfr. X Carta Pastoral, 16).

24. Así lo expresa con claridad el objetivo general de nuestro Plan de Pastoral, cuando nos invita a ser una “Casita Sagrada”, que reciba a todos en la misericordia del Padre (cfr. Plan de Pastoral, 47). A la luz del mensaje de Nuestra Señora de Guadalupe, y pensando en la ternura, sencillez y confianza con la que se dirige a san Juan Diego, los animo a que hagamos de este llamado una experiencia viva en nuestras comunidades, de modo que nuestras parroquias sean casa, mesa y lugar de encuentro fraterno y alegre para todos.

c) Reconocer a Jesús en los más pobres.

25. En el signo de Caná, Jesús no actúa desde el centro del banquete, ni desde los lugares de honor, sino desde una situación concreta de necesidad. La falta de vino revela la limitación humana natural que amenaza al amor y la alegría, no solo de aquellos jóvenes novios, sino de todos los que los acompañan, amigos, familiares, conocidos. De modo semejante, hoy el Señor sigue haciéndose presente en las limitaciones, vacíos y necesidades reales de tantos hermanos y hermanas que viven situaciones de fracaso, pobreza, exclusión, soledad o sufrimiento.

26. Reconocer a Jesús en los más pobres no es un añadido opcional a la vida de la Iglesia, sino una dimensión esencial de la fe y del discipulado. En el rostro del hermano vulnerable, de los enfermos, migrantes, presos, hermanos mayores, familias heridas y de quienes viven en las periferias, el Señor nos sale al encuentro y nos interpela. Solo una Iglesia que aprende a mirar con compasión puede comprender en profundidad el Evangelio que anuncia.

27. En comunión con el Papa León XIV también deseo “ que todos los cristianos puedan percibir la fuerte conexión que existe entre el amor de Cristo y su llamada a acercarnos a los pobres” (DT, 3). Por ello les pido que sigamos fortaleciendo una pastoral más sensible al servicio de la caridad, pero no solo a través de obras organizadas sino también mediante gestos cotidianos de cercanía, escucha y acompañamiento, recordando la indicación diocesana que viene en nuestro Plan de Pastoral: “ Que todas las parroquias y comunidades tengan una red solidaria de atención permanente a los más pobres, en donde todos los grupos, movimientos y fieles, puedan vivir la dimensión social del evangelio, contando con el acompañamiento de Cáritas y del diaconado permanente” (Plan de Pastoral, 112).

5. Las familias: espacio donde hoy “llega a faltar el vino”.

28. Entre aquellos lugares donde actualmente “llega a faltar el vino”, hay uno que reclama una atención particular por parte de la Iglesia: la familia. En ella se juega de manera cotidiana y concreta, la alegría del amor, el encuentro, la transmisión de la fe y la esperanza en el futuro. Como en Caná, aun cuando inició un proyecto de vida con amor, deseo de celebrar y de salir adelante, también “llegó a faltar el vino”, así, en una sociedad de consumo y descarte, el amor podría salir, segura y lamentablemente, vulnerado.

29. Seguimos constatando que la desintegración familiar, las presiones sociales y económicas, así como las heridas no sanadas afectan profundamente la vida cotidiana de muchas personas. Por eso, cuando a la familia le llega a faltar el vino del amor auténtico, de la alegría compartida, de la estabilidad, del diálogo y de la esperanza, el tejido social se debilita y la vida eclesial se resiente. En este sentido, mirar la realidad de las familias con atención pastoral no es una opción más, sino una emergencia evangélica que atraviesa nuestras preocupaciones y decisiones pastorales, y que fuimos descubriendo con fuerza en el camino de discernimiento, fruto de nuestra Asamblea Jubilar Diocesana.

6. La Iglesia de Monterrey al servicio de todas las familias.

30. Después de haber reconocido que en muchas familias hoy falta el vino del Amor de Dios revelado en Jesús, la Iglesia de Monterrey, a ejemplo de María, la Madre de Jesús, no puede permanecer como espectadora. Como en Caná, estamos llamados a acercarnos con respeto, cercanía y responsabilidad, poniendo al servicio de las familias todo lo que somos y tenemos, para que el Señor pueda obrar en medio de ellas. Nuestra misión no es sustituir a la familia, sino caminar con ella, acompañarla y sostenerla en los distintos momentos de su historia, acercándonos juntos a Jesús, que llenará nuestras tinajas con el vino abundante y delicioso de su Amor.

a) La Iglesia como familia de familias.

31. La Iglesia no es solo una institución que ofrece servicios pastorales a las familias, es, ante todo, una “ familia de familias” (cfr. AL, 87). En ella, cada hogar está llamado a encontrar un espacio de pertenencia, cercanía y acompañamiento, donde sea posible compartir la fe, las alegrías y también las dificultades. Cuando la Iglesia vive de este modo, se convierte en un verdadero hogar espiritual, con rostros y nombres concretos, donde las relaciones fraternas tienen prioridad y nadie se siente extraño ni solo.

32. Sigamos fortaleciendo nuestras comunidades parroquiales como espacios auténticos de encuentro familiar, donde se cultive la cercanía, la corresponsabilidad y la comunión. Que las familias puedan sentir que caminamos con ellas, escuchamos sus preguntas, acogemos sus heridas y celebramos los momentos de vida y de esperanza, de modo que nuestras parroquias no sean solo lugares de paso, sino verdaderos hogares que acompañan y sostienen la vocación familiar. “La Iglesia es un bien para la familia, la familia es un bien para la Iglesia” (AL 87).

b) La familia como Iglesia doméstica.

33. La familia cristiana es el primer espacio donde la fe se recibe, se aprende y se vive. En el hogar, a través de gestos sencillos, de la palabra compartida, de la oración y del testimonio cotidiano, la fe se hace cercana y encarnada. Por eso, la Iglesia reconoce a la familia como Iglesia doméstica (cfr. LG 11), lugar privilegiado donde Dios habita y actúa en medio de la vida ordinaria, aun en contextos marcados por desafíos, fragilidades y límites.

34. Acompañemos con mayor cercanía a las familias en su vocación de ser Iglesia doméstica, ofreciéndoles apoyo, formación y espacios de encuentro que fortalezcan su vida espiritual. Ayudemos a las familias a redescubrir que su hogar puede ser un lugar de oración, de escucha de la Palabra y de crecimiento en la fe, sin exigirles modelos ideales, sino caminando con ellas en su realidad concreta, confiando en la acción del Espíritu Santo que sigue obrando en su interior.

c) La comunidad y la ciudad como espacios seguros para las familias.

35. Las familias no viven aisladas sino que se desarrollan en comunidades concretas y en una ciudad que influye profundamente en su calidad de vida. Desgraciadamente cada vez hay más entornos hostiles, violentos o excluyentes en nuestro país y en nuestras ciudades, y cuando eso sucede, la vida familiar resulta herida y la esperanza se debilita. Pero si la comunidad y la ciudad se convierten en espacios seguros, la vida familiar se fortalece y se protege y cuida la dignidad de cada persona. Por eso la Iglesia como parte viva de la sociedad, está llamada a colaborar activamente en la reconstrucción del tejido social, promoviendo ambientes más humanos, solidarios, dignos y justos.

36. Les invito a que sigamos favoreciendo una pastoral que cuide la vida y la dignidad de las familias también en su dimensión social, a través de relaciones respetuosas y auténticas redes de apoyo comunitario, especialmente en el contexto de nuestro Estado y del área metropolitana, marcados por un crecimiento acelerado que impacta profundamente la vida familiar, el tejido social, los tiempos y la serena convivencia de las personas y las familias. Estamos viviendo retos inéditos para la convivencia y la organización urbana que requieren un tejido familiar fortalecido. Deseo que en nuestras parroquias, colegios, movimientos y obras sociales, las familias encuentren acompañamiento, orientación y esperanza, trabajando constantemente por el bien común.

d) Los llamados de Dios vividos desde la familia.

37. Los llamados de Dios que presenta nuestro Plan de Pastoral, encuentran en la familia un lugar privilegiado para hacerse vida. En ella se aprende a ser discípulos, a vivir la unidad, a practicar la misericordia y abrirse a la misión con esperanza. Desde la experiencia familiar, la Iglesia se renueva, se humaniza y se proyecta hacia el futuro por caminos de conversión, acompañamiento, articulación y formación, reconociendo a las familias no solo como destinatarias, sino como protagonistas corresponsables de la vida eclesial.

38. Integremos de manera decidida la dimensión familiar en nuestras prioridades pastorales, programas y proyectos. Que todo lo que hagamos como Iglesia de Monterrey tenga en cuenta a las familias, que las acompañemos con misericordia y solicitud en la diversidad de sus situaciones, y las animemos a ser fermento de esperanza, de fe y de compromiso cristiano en medio de nuestra sociedad. En la segunda etapa de nuestro Plan de Pastoral se presentarán pautas para ello.

7.Conclusión: “el vino mejor”.

39. Cuando la Iglesia se deja conducir por la Palabra del Señor, cuando sirve sin protagonismos y camina con humildad junto a su pueblo, la Gloria de Dios vuelve a manifestarse a través de gestos, acciones y signos sencillos como el agua convertida en vino (cfr. Jn 2, 11). El “agua de nuestra entrega y servicio” colocada ante Jesús, se transforman por acción de su Gracia, en el “vino mejor” que alegra abundantemente el corazón humano y sostiene la esperanza. Así como en Caná, este signo acontecido en un ámbito familiar y de amistad, revela y manifiesta cómo la Gloria de Dios habita en medio de nuestra historia, fortaleciendo la fe de quienes caminan como discípulos del Señor.

40. Allí donde la Iglesia se hace cercana y sostiene los procesos con paciencia, “el vino mejor” se hace presente. No olvidemos queridos hermanos en Cristo, que Dios continúa obrando en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo que a veces parece insuficiente a nuestros ojos. Confiemos en que, si escuchamos la voz de María que nos dice: “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5), el Señor Jesús seguirá transformando nuestra historia y cuidará que ese “vino mejor” no falte en las familias, en nuestras parroquias y en el camino pastoral que hemos emprendido juntos, para que nuestra Iglesia de Monterrey camine unida y llena de esperanza, abierta al futuro que Él mismo nos regala.

Venerable Padre Raymundo Jardón, ruega por nosotros.

Venerable Sor Gloria María de Jesús Elizondo, ruega por nosotros.

¡Virgen Santísima del Roble, cúbrenos con tu manto!

En comunión con los fieles laicos, consagradas y consagrados,

diáconos permanentes, presbíteros y obispos auxiliares.