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Prot. No. 192/2020
3 de Abril de 2020

Carta Pastoral

VII Carta pastoral
PARA SER SACERDOTES ANIMADORES DE ESPERANZA


ROGELIO CABRERA LÓPEZ,
ARZOBISPO DE MONTERREY,
EN COMUNIÓN CON MI CONSEJO EPISCOPAL,


A nuestros amados sacerdotes del presbiterio 
de la Arquidiócesis de Monterrey, ¡gozo y paz!

Con ansia he deseado comer esta Pascua
con ustedes antes de padecer. Lc 22,15

Un saludo afectuoso.

1. PARA SER SACERDOTES ANIMADORES DE ESPERANZA, deseamos que el abrazo del Señor Jesús nos llene a todos de consuelo y de fortaleza, primero para nuestras propias personas, pero también para que podamos llevar este don divino a nuestras comunidades de fieles y a todas las personas de buena voluntad que, en nuestro ministerio, buscan la paz que procede de Dios. 

2. Hemos querido dirigirles estas letras pensando en la renovación sacerdotal que implica la Semana Santa, en especial la vivencia del Jueves Santo: el momento de la institución tanto del sacerdocio ministerial, del cual Dios nos ha llamado a participar, como de la Eucaristía, que Dios nos ha llamado a administrar a la comunidad cristiana. 

Llamado a la fe y vivencia de la propia vocación en las circunstancias actuales.

3. La emergencia sanitaria mundial que estamos viviendo es histórica y la humanidad actual tiene que aceptar y responder a este desafío. Dentro de esta barca única de la humanidad, estamos nosotros, discípulos de Cristo, sus humildes servidores y sacerdotes del Señor. Él está en la misma barca, tal como el Santo Padre, el Papa Francisco, nos hacía reflexionar en la Bendición Urbi et Orbi. Jesús duerme, hasta que le gritaron preguntándole: “¿no te importa que perezcamos?”. De la reflexión del Papa podemos inferir: ¡claro que le importamos! Dios Padre no envía la tempestad, es parte de la vida en el mundo, y Jesús, Hijo de Dios, por su amor misericordioso, es el Primer interesado en atender las dificultades humanas. 

4. Pero, dormido en la barca, el Señor esperaba la respuesta de humildad de aquellos experimentados pescadores, quienes conocían el lago. No era una tormenta del mar Mediterráneo, fiera e implacable, sino del mismo lago de Galilea, el lago de siempre, tan navegado por ellos, del que pensaban que tenían bien conocido y dominado. Jesús esperaba la humildad de los pescadores pidiendo su ayuda y, al despertar, no negó la tormenta ni minimizó la reacción de los discípulos, sino que se enfocó en el interior de ellos y en su corazón, descubriéndoles lo que sucedía: su fe era muy débil.

5. Hemos sido llamados por Cristo a atender a su pueblo. Cada uno ha recibido el don del sacerdocio para ejercerlo en su nombre y en comunión con toda la Iglesia. También cada uno de nosotros ha recibido dones personales para responder, según la propia capacidad, a las circunstancias de las propias responsabilidades. Las nuevas situaciones que vivimos, aunque sean temporales, nos exigen nuevas formas de vivir nuestro ministerio que puedan responder a ellas, siendo así, buenos pastores para toda la comunidad cristiana. Sin embargo, la base de nuestra vida como pastores es la misma: la fe en Cristo Jesús y la respuesta que hemos dado a su llamado.

La conciencia y transmisión de la realidad.

6. Hermanos, es parte de nuestro ministerio reconocer e interpretar los signos de los tiempos, incluyendo aceptar y transmitir, por el bien de nosotros mismos y de nuestros fieles, que la pandemia es real: no es invento de nadie, es un virus no creado por el hombre, que por combinación con otras condiciones orgánicas y por el colapso de sistemas de salud, ha llevado a la muerte a miles de personas en muchas partes del mundo y, por cuyo camino, la hermana muerte toca ya a las puertas de nuestras comunidades. La intención no es crear pánico, sino cuidar de nosotros como Él nos cuida, amándonos con la misma intensidad con la que Él nos ama, tomando conciencia de nuestro ser hijos de Dios, para después, amar al hermano de la misma manera como nos amamos a nosotros mismos, mostrando nuestro amor a los demás, en especial a los más vulnerables en esta situación: personas previamente enfermas, ancianos, indigentes, migrantes, etc., en quienes descubrimos, al lado del camino, al Señor Jesús que sube a Jerusalén y necesita nuestra ayuda, al tiempo que elevamos nuestra voz y persona a Dios. 

7. Hermano, es necesario acabar de despertar y aceptar desde lo profundo de tu corazón sacerdotal que esto es real y requiere lo mejor de ti, de tus experiencias de fe, virtudes y dones cultivados, consciente del peligro de muerte que ronda ya por nuestras calles. Estas situaciones requieren de decisiones fuertes, valientes y acertadas de quienes estamos encargados de personas y comunidades enteras. Necesitamos orar con mucha esperanza para actuar con valentía. El pueblo necesita profetas generadores de esperanza, no individuos quejumbrosos ni profetas rancios; sacerdotes llenos de fe, que abracen la cruz de Cristo, nuestra esperanza, y puedan alentar la fe de todos los feligreses ante estas circunstancias. Si las cosas empeoran, habrá necesidad de tomar decisiones más fuertes aún, todo para salvaguardar la salud de este pueblo de Dios.

8. Es tiempo de vivir el memorial del Misterio Pascual, comenzando con la celebración de la Cena del Señor: vivir con intensidad la intimidad de esa cena pascual con el Maestro, en la que Él entiende, acepta y comparte la suerte que le espera en los días siguientes, el sufrimiento de la cruz y la oscuridad del sepulcro. Es tiempo de volver a vivir que, desde la cena pascual, en la persona de los apóstoles ahí reunidos, Él nos ha elegido a ti y a mí para ser sacerdotes de su nueva alianza, para alimentarnos de la Eucaristía y fortalecernos para enfrentar la cruz, que hoy es esta pandemia, y la oscuridad que le sigue, el halo de muerte que se siente en la comunidad. Vivir este memorial no es solo para nuestro bien, sino para el bien de toda la humanidad al convertirnos en instrumentos que transmiten la esperanza y fortalecen al pueblo de Dios que tanto amamos. 

El dolor de la lejanía física y la alegría del acompañamiento espiritual.

9. Es un gran dolor, para sacerdotes y pueblo, no poder celebrar la Eucaristía juntos, ni reunirnos para celebrar los sacramentos y compartir el caminar de la vida, como solíamos hacerlo y deseamos hacerlo. Pero es uno de esos ayunos que purifican e invitan a la renovación de la fe en Cristo y en la Iglesia. En nuestros templos no está la presencia física del pueblo, aunque está la presencia virtual por las redes digitales que manifiesta su fe viva, y el deseo de cercanía con el pastor y la comunión de los santos. Por lo pronto, el templo está vacío, pero está realmente ejerciéndose la unión espiritual del Pueblo con Cristo, adorando a su Creador en el Espíritu Santo y en Verdad. No podremos vivir la Semana Santa como la planeábamos, así que, por amor a Dios y a tu comunidad, no congregues personas en las celebraciones litúrgicas. No las convoques a cosas innecesarias, no las expongas, todo es para evitar contagios y salvar vidas. Fue Cristo quien nos enseñó a amar a estas personas a las que ahora tenemos que cuidar con atención. Celebraremos el Misterio Pascual en las fechas que son debidas, pero al mismo tiempo, en nuestro corazón, preparemos una Gran Celebración Pascual con todo el pueblo reunido, para que, cuando pase toda esta emergencia y podamos salir con toda libertad, alegría y amor, pidamos a Dios consuelo y fortaleza por todo lo que sucedió, agradeciéndole el fin de la calamidad y así proponer un nuevo futuro del mundo, la sociedad y de la Iglesia. Ya llegará el momento de reunirnos de nuevo con el Maestro para que nos enseñe las Escrituras y nos comparta el pan, como sucedió a los discípulos de Emaús en la resurrección de Cristo.

La caridad como manifestación de nuestra fe y preparación a la Pascua Florida.

10. Como ya se ha comentado, esta emergencia sanitaria está provocando una gran crisis económica y ha conmovido estructuras sociales, institucionales e individuales, dejando a muchas personas en incertidumbre y provocando en otras desorientación, desánimo, ansiedad, miedo y angustia. Cuidemos mucho la estructura de nuestra vida personal y nutramos nuestro cuerpo, mente y espíritu con el alimento adecuado: dieta balanceada, ejercicio físico, lecturas motivantes e información veraz; diálogo fraternal, servicio y amor a los demás; ayuda mutua, creatividad pastoral, lectura y meditación de la Palabra de Dios, oración confiada, obras de misericordia… en fin, todo lo que es la vida cristiana de un discípulo sacerdote, sólido en la fe, esperanza y caridad. Necesitamos estar fuertes para esta parte del camino de la vida que apenas empieza y requerirá de nosotros lo mejor. Estemos atentos, unos de otros para servir las necesidades que experimentemos. Este es el modo de lavar hoy los pies a los hermanos en medio de las dificultades que enfrentamos.

11. En la medida de nuestras posibilidades reales, tanto personales como institucionales, seamos generosos, comenzando por nuestra familia sacramental, extendiéndolo a la familia espiritual y de sangre. Confiemos en la Providencia Divina y desde nuestra pobreza y necesidad, aprendamos a compartir. 

12. En cuanto a las necesidades económicas de nuestras parroquias e instituciones, dejemos que sean los fieles quienes tomen la iniciativa. Tú confía mucho en el Señor, saldremos adelante juntos, no sin la austeridad y sobriedad necesarias. 

Cristianos con todo el Pueblo de Dios, sacerdotes para todo el Pueblo de Dios.

13. Hermanos sacerdotes, ¡avivemos nuestra fe en Cristo y la fe de nuestra comunidad! Demos testimonio de un presbiterio que está con su pueblo y busquemos los medios seguros para atenderlo. Por supuesto que habrá personas que reclamarán y se les dificultará entender y aceptar las exigencias de esta emergencia; atendámoslas con amabilidad y serenidad, haciéndoles conscientes que lo que es posible lo es y lo que no es posible, no lo es, pero con corazón humano y trato digno. Lleva todo con santa paciencia y con un dinamismo de esperanza en Cristo. Que la preocupación económica y la lejanía física actual con los fieles, de las que ya hemos hablado, no te distraigan; dedícate a buscar formas pastorales creativas de estar presente ante el pueblo que te ha sido confiado. ¡El Señor proveerá!

Nuestro Oficio Divino: Sacrificio Eucarístico, liturgia de las horas y oración personal.

14. Oremos mucho, oremos confiadamente. Oremos unos por otros. Si la epidemia nos arranca lágrimas, serán transformadas en esperanza. Mantengámonos firmes, levantemos la cara, el corazón y, llenos de fe, abracemos al Señor Crucificado. Ama mucho al pueblo de Dios, estamos ayunando juntos, preparando la Pascua del Señor. Ayuda a tu comunidad a tomar conciencia, a cuidarnos unos a otros y a velar por los vulnerables, estando al pendiente de otras decisiones y comunicaciones.

15. En estos momentos nuestra oración debe elevarse, en primer lugar, por las personas que han sido afectadas por el virus y la enfermedad, así como por todas aquellas personas dedicadas al área de la salud: desde la más humilde, porque le corresponde mantener limpio y ordenado el lugar, hasta la más especializada, porque ha estudiado más a fondo el fenómeno, ya que ambas ponen en juego su propia salud y la de los suyos por el bien de toda la sociedad. Pidamos por los voluntarios que se ofrecen a realizar lo que pueden: quien auxilia a los mayores a hacer compras, quien está dispuesto a escuchar a los que sufren la soledad o encierro, quien realiza cualquier obra buena por los demás. También, nuestra oración debe elevarse por las autoridades de todos los niveles, para que puedan tomar las mejores decisiones, y por todos los que formamos la sociedad, para que sepamos ser prudentes en estos momentos sin caer en pánico.

Bajo la protección de la Virgen Santísima del Roble y el padre Jardón.

16. Este, además, es un buen tiempo para recordar la fe y entrega de los sacerdotes que nos precedieron. Como nosotros, el padre Jardón tuvo que vivir lejos de su pueblo, pues dos veces fue desterrado del país durante la persecución religiosa, pero nunca dejó de estar cercano a él en la oración y la fe, sigamos su ejemplo. Ojalá que el día de mañana, cuando seamos llevados a la presencia del Señor, puedan las generaciones futuras, quienes saldrán victoriosos de esta pandemia, decir de nosotros lo que decimos del padre Jardón: “Su corazón había sido un volcán de amor al Señor y a sus semejantes, particularmente los pobres... Sus labios habían sido manantiales de sabiduría y de paz, que habían cantado fervorosamente las alabanzas de Dios y habían elevado las almas a Dios como el más rico incienso. Su vida ejemplar rendía la jornada santamente, había sentido el sello del dolor y de la Cruz... Siendo según el mundo, pobre, ignorante y pequeño, tuvo una influencia relevante en nuestra comunidad. Monterrey recibió su ejemplo, una vida llena de caridad, humildad y espíritu de servicio para bien de su Santa Iglesia”.

Que la Virgen del Roble, Madre de Dios y Madre nuestra, nos fortalezca con su amor.

Venerable Padre Raymundo Jardón, ruega por nosotros.

¡Virgen Santísima del Roble, cúbrenos con tu manto!



+ Rogelio Cabrera López
Arzobispo de Monterrey


+ Juan Armando Pérez Talamantes
Obispo Auxiliar de Monterrey
Vicario General


+ Alfonso G. Miranda Guardiola
Obispo Auxiliar de Monterrey
Vicario General


+ Heriberto Cavazos Pérez
Obispo Auxiliar de Monterrey
Vicario General


+ Oscar E. Tamez Villarreal
Obispo Auxiliar de Monterrey
Vicario General


Mons. José Francisco Gómez Hinojosa
Vicario General 


Pbro. F. Javier De la Torre Castaño
Secretario - Canciller