¿Dios tendrá misericordia de mis pecados?

LA MISERICORDIA DE DIOS, fuente inagotable de perdón y de paz

Catequesis (1 de 5) sobre el sacramento de la Reconciliación.

Cuando hablamos del sacramento de la confesión o reconciliación, es necesario primeramente reconocer que su fundamento último esta puesto en la infinita misericordia de Dios. Al respecto de la misericordia divina San Juan Pablo II en su Carta-encíclica “DIVES IN MISERICORDIA” (RICO EN MISERICORDIA) del 30 de noviembre de 1980, en el No. 13 nos dice:

 

“La misericordia en sí misma, en cuanto perfección de Dios infinito es también infinita. Infinita pues e inagotable es la prontitud del Padre en acoger a los hijos pródigos que vuelven a casa. Son infinitas la prontitud y la fuerza del perdón que brotan continuamente del valor admirable del sacrificio de su Hijo.”

 

Dios es un Padre inmensamente santo y bueno que espera con paciencia a que sus hijos que están lejos de Él vuelvan a su presencia, para recibirlos con los brazos abiertos, y devolverles su dignidad y la herencia eterna. En este contexto no hay razón para pensar que puede existir un pecado tan grande que no pueda tener perdón de Dios:

 

“No hay pecado humano que prevalezca por encima de esta fuerza [misericordiosa] y ni siquiera que la limite. Por parte del hombre puede limitarla únicamente la falta de buena voluntad, la falta de prontitud en la conversión y en la penitencia, es decir, su perdurar en la obstinación, oponiéndose a la gracia y a la verdad especialmente frente al testimonio de la cruz y de la resurrección de Cristo.” Dives in misericordia, No. 13

 

Sólo nuestra obstinación voluntaria de vivir en pecado puede limitarnos para gozar de la misericordia y del amor de Dios, porque Dios respeta nuestra libertad, no nos obliga a ser buenos, sin embargo no se cansa de llamarnos a la conversión del corazón para que regresemos a su presencia y vivamos según su voluntad, que no será nunca que nos perdamos sino que nos convirtamos y vivamos: “¿Acaso me complazco yo en la muerte del pecador –oráculo del Señor-, y no más bien en que se convierta de su conducta y viva? Ez 18, 23.

 

La conversión es ejercicio en nuestra vida de nuestra verdadera libertad que es permanecer en comunión con Dios. Es un camino en el que estamos todos, es conquista porque implica lucha contra aquello que nos esclaviza y no hace infelices. Es búsqueda decidida de Aquel que se quiere hacer el encontradizo, Dios nuestro Padre, lleno de amor y misericordia.

 

“Por tanto, la Iglesia profesa y proclama la conversión. La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno a medida del Creador y Padre: el amor, al que «Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo» es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del «reencuentro» de este Padre, rico en misericordia.” Dives in misericordia, No. 13

 

La misericordia de Dios suscita en el hombre conversión. Y cuando nos acercamos a Dios y lo conocemos cada vez con más profundidad, podremos descubrir este rasgo tan especial en Él, que su corazón se conmueve cuando ve nuestra necesidad y se compadece de nosotros, no nos tiene lástima, se compadece, padece-con nosotros nuestro extravío y nos tiende la mano. Podemos en ocasiones encontrarnos con una paradoja en nuestra vida, sentimos en nuestro interior la necesidad urgente de abrirle nuestro corazón, pero no hacemos nada para dar el primer paso de una conversión decidida. Queremos estar cerca de Dios y gozar de su amistad y paz en nuestras vidas pero no hacemos nada por disponernos a su Amor.

 

“El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo «ven» así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a El. Viven pues “in statu conversionis”, en estado de conversión continua; es este estado el que traza el componente más profundo de la peregrinación de todo hombre por la tierra.” dice el santo Papa Juan Pablo II

 

El sacramento de la confesión, es por decirlo así, una manifestación tangible, real y al alcance de nuestra mano de la misericordia de Dios. La Iglesia se sabe depositaria de este medio ordinario de conversión, y quiere ponerlo a disposición de todo el pueblo de Dios:

“Es evidente que la Iglesia profesa la misericordia de Dios, revelada en Cristo crucificado y resucitado, no sólo con la palabra de sus enseñanzas, sino, por encima de todo, con la más profunda pulsación de la vida de todo el Pueblo de Dios.” Dives in misericordia, No. 13